Cuando pierdes el impulso
Hubo una etapa de mi vida en la que no veía la hora de levantarme por la mañana.
Me ilusionaba lo que estaba construyendo. Asistía a reuniones, escuchaba varios audios de formación cada día, leía constantemente e invertía incontables horas en mi desarrollo personal. Pero, sobre todo, disfrutaba ayudando a otras personas a perseguir sus metas y sus sueños. No lo sentía como un trabajo. Lo sentía como algo con sentido.
Al mirar atrás, me doy cuenta de cuánta energía y entusiasmo tenía durante aquel período de mi vida. Entonces algo cambió.
Una serie de experiencias con personas en las que confiaba profundamente tuvo un impacto mucho mayor en mí de lo que entendí en ese momento. Quiero dejar algo claro: asumo toda la responsabilidad por las decisiones que tomé. Las decisiones fueron mías. Siempre lo fueron. Pero la orientación, la influencia y la decepción que vinieron después dejaron una huella que permaneció conmigo durante años.
Lo que más me sorprendió no fue lo que ocurrió. Fue lo que ocurrió después.
Perdí la motivación.
La pasión que me había impulsado durante años pareció desaparecer. Actividades que antes me inspiraban empezaron, de repente, a generar resistencia. Ya no quería escuchar material de formación. No quería asistir a reuniones. Los libros que antes me entusiasmaban se quedaban cerrados en la estantería.
No era que de pronto hubiera dejado de gustarme el desarrollo personal. No era que odiara el entorno empresarial. Ni siquiera era que hubiera dejado de creer en el crecimiento. El problema era que mi mente había asociado aquellas experiencias con dolor.
Durante años, intenté recuperar esa motivación. Leí libros sobre motivación. Estudié cómo establecer metas. Aprendí sobre hábitos, mentalidad, principios del éxito y sobre cómo funciona el cerebro. A veces encontraba un nuevo enfoque que parecía prometedor. Funcionaba durante unos meses, y volvía a sentir que estaba recuperando el impulso.
Luego se desvanecía. Y me encontraba otra vez en el punto de partida.
Si alguna vez has vivido algo parecido, sabes lo frustrante que puede ser. Sobre todo cuando recuerdas quién solías ser. Sabes de lo que eres capaz. Sabes cómo se siente tener impulso. Sabes cómo se siente despertar con ilusión por el futuro. Y, aun así, por alguna razón, no consigues volver a ese lugar.
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta era encontrar una meta más grande, o un propósito más fuerte, o más motivación. Así que seguí buscando. Leí más libros. Escuché más consejos. Probé distintos sistemas y enfoques.
Pero, con el tiempo, empecé a cuestionarme algo.
¿Y si estaba haciendo la pregunta equivocada?
En lugar de preguntarme: “¿Cuál es mi propósito?”, quizá debería haberme preguntado: “¿En quién quiero convertirme?”. Ese cambio lo transformó todo.
Hace poco, al reflexionar sobre este recorrido, decidí volver a revisar algunos de los libros que había ido acumulando durante los últimos veinte años. Mis estanterías están llenas de libros sobre liderazgo, crecimiento personal, éxito, motivación, comunicación y psicología.
Uno de los libros que volvió a llamarme la atención fue Hábitos atómicos, de James Clear. Ya lo había leído antes. Pero esta vez lo miré de otra manera.
Lo que me impactó no fue la parte sobre los hábitos. Fue el enfoque en la identidad. La idea de que el cambio duradero no empieza con las metas. Empieza con la persona en la que quieres convertirte.
Ese concepto conectó conmigo mucho más que cualquier otro ejercicio de establecimiento de objetivos.
Si alguien quiere alcanzar la libertad financiera, quizá la primera pregunta no debería ser: “¿Cómo consigo ser financieramente libre?”.
Tal vez la mejor pregunta sea: “¿Qué tipo de persona crea libertad financiera?”.
¿Cómo piensa esa persona? ¿Cómo utiliza su tiempo? ¿Qué hábitos practica de forma constante? ¿Cómo responde cuando las cosas no salen según lo previsto?
La misma pregunta puede aplicarse a casi cualquier objetivo en la vida. Antes de centrarnos en el resultado, quizá deberíamos centrarnos en convertirnos en la persona capaz de crear ese resultado.
¿Funcionará este enfoque para todo el mundo? Probablemente no. Y ese es un punto importante.
Todos somos diferentes. Tenemos historias distintas, personalidades distintas, experiencias distintas y desafíos distintos. Las herramientas que ayudan a una persona a avanzar quizá no ayuden en absoluto a otra. Y eso está bien.
El objetivo no es encontrar una solución que funcione para todo el mundo. El objetivo es encontrar lo que funciona para ti.
En mi caso, esta toma de conciencia ha sido útil porque desplazó mi atención: dejé de buscar constantemente motivación y empecé a construir una base más sólida. En lugar de perseguir una sensación, estoy intentando centrarme en convertirme en el tipo de persona que quiero ser.
La verdad es que todos pasamos por etapas en las que nos cuesta avanzar. Perdemos confianza. Perdemos impulso. Nos cuestionamos a nosotros mismos. Nos preguntamos si algún día volveremos a encontrar nuestra pasión.
Pero quizá la respuesta no siempre está en mirar más lejos hacia el futuro. A veces, la respuesta está en mirar más profundo. En hacer preguntas diferentes. En desafiar viejas suposiciones. Y en recordar que crecer no siempre consiste en encontrar el camino perfecto.
A veces consiste simplemente en dar el siguiente paso y seguir avanzando.
Si estás luchando por recuperar tu motivación, tu propósito o tu impulso, espero que esta reflexión te dé algo en qué pensar. No porque contenga todas las respuestas. Sino porque quizá te ayude a hacerte una pregunta diferente.
Y, a veces, una pregunta diferente es exactamente el lugar donde empieza el cambio.
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